Durante mi viaje a Praga, me di cuenta de algo que me llevó a formar mi negocio. Recuerdo perfectamente aquella tarde porque hacía un frío horrible y yo llevaba casi una hora entrando en tiendas para refugiarme un poco. En todas había exactamente lo mismo: imanes baratos, camisetas con frases graciosas, tazas fabricadas en masa y llaveros que parecían sacados del mismo almacén para todas las ciudades del mundo. Cambiaba el nombre de la ciudad, pero el producto era idéntico. Ya había visto todo esto en Roma, París, Lisboa, Budapest, Ámsterdam e incluso aquí, en Barcelona. Era como si el turismo mundial hubiese decidido aceptar que un recuerdo de viaje tenía que ser cutre por obligación.
Yo llevaba años viajando por trabajo y por placer. Había trabajado un tiempo como estilista freelance para marcas pequeñas y mi mejor cualidad era fijarme en los detalles. Me gustaba observar cómo consumía la gente. En qué tiendas entraban. Qué productos tocaban y qué ignoraban por completo. Y eso me hizo fijarme en que las personas con dinero jamás entraban en las tiendas de souvenirs. Nunca. Veías a parejas hospedadas en hoteles de lujo caminando por Passeig de Gràcia cargadas con bolsas de marcas carísimas, pero jamás salían con una bolsa de una tienda turística. Era como si ese tipo de recuerdo simplemente no existiera para ellos.
Me obsesioné con esa idea. En Barcelona había zonas llenas de turistas con muchísimo poder adquisitivo: alrededores de hoteles cinco estrellas, boutiques, restaurantes donde una cena costaba lo mismo que mi alquiler. Pero no existía una sola tienda que ofreciera recuerdos pensados para ese público. Ni una. Todo estaba orientado a la masa de turistas que iban en chanclas y quemados como un tomate, andando por la ciudad y entrando en todos lados. Y ahí fue cuando me hice la pregunta que acabaría cambiándome la vida: ¿y si nadie les estaba ofreciendo a esos turistas souvenirs que estuvieran a la altura de lo que les interesa?
Durante semanas no pude dejar de pensar en ello. Lo comentaba con amigos y muchos se reían. “¿Souvenirs de lujo? Eso no existe”. Y precisamente por eso me parecía interesante. Porque cuando algo no existe, pero tiene sentido, suele haber una oportunidad enorme detrás. Yo misma, cuando viajaba, muchas veces quería llevarme algo bonito de una ciudad y acababa frustrada. No quería un imán fluorescente. Quería algo que se pareciera a la experiencia que había vivido… Algo único como ese viaje.
Barcelona parecía el lugar perfecto para hacerlo
Yo vivía cerca del Eixample y muchas tardes caminaba sin rumbo por Passeig de Gràcia para despejarme. Por aquí siempre hay gente que llega en coches privados, clientes entrando en joyerías, parejas vestidas impecablemente entrando a hoteles donde el perfume de la entrada ya huele a caro. Y, pude comprobar mi teoría… No había ninguna tienda que pudiera conectar con ellos.
Una tarde me senté en una cafetería cerca de la Casa Batlló y me quedé observando durante más de una hora. Vi decenas de personas entrar en tiendas exclusivas. Algunas salían con relojes, otras con bolsos, otras simplemente entraban a mirar porque la experiencia ya era parte del viaje. Pero después, cuando querían llevarse un recuerdo de Barcelona, acababan teniendo solo dos opciones: comprar algo extremadamente turístico o directamente no comprar nada. ¿Es que nadie se había dado cuenta?
Empecé a imaginar cómo sería una tienda así. Nada de luces blancas agresivas ni montañas de camisetas colgadas. Yo quería mármol claro con detalles dorados, una iluminación cálida, olor limpio y elegante, y música tranquila. Quería que alguien entrara y sintiera que estaba comprando una pieza especial de la ciudad. No un objeto barato sin personalidad ninguna.
Incluso llegué a hacer bocetos en una libreta sobre cómo colocar los productos. Me imaginaba pañuelos de seda inspirados en mosaicos modernistas, piezas de cerámica diseñadas por artistas, perfumes con aromas inspirados en el Mediterráneo o cajas de bombones artesanales presentadas casi como joyas.
El problema era que yo no sabía absolutamente nada de este tipo de negocios de souvenirs. Tenía intuición, sí. Sabía detectar tendencias y entender ciertos comportamientos de consumo. Pero no sabía cómo convertirlo todo en un negocio. Así que empecé a hacer algo que nunca pensé que haría: entrar en todas las tiendas de recuerdos posibles para analizarlas. Me recorrí Barcelona entera observando precios, materiales, distribución, comportamiento de los clientes y hasta qué productos tocaban más las personas. Empecé a descubrir patrones muy curiosos. Por ejemplo, la gente siempre tocaba primero aquello que parecía artesanal. Incluso aunque no lo comprara.
Recuerdo especialmente a una pareja americana en una tienda cerca de la Rambla. Ella cogió una pequeña figura hecha a mano y dijo: “Esto al menos parece auténtico”. Aunque no lo compraron al final, porque seguía siendo un souvenir de los típicos… me di cuenta de que la gente también había notado lo mismo que yo, y lo buscaba.
¿Qué se llevaría alguien con dinero?
Lo más difícil no fue encontrar el local ni la financiación. Lo más complicado fue entender qué demonios compraría una persona adinerada como recuerdo de una ciudad. Porque una persona rica no compra igual.
Durante meses hablé con muchísima gente. Amigos que trabajaban en hoteles de lujo, recepcionistas, personal shoppers, incluso conductores privados. Les preguntaba qué tipo de cosas compraban ciertos clientes o qué regalos solían llevarse. Poco a poco fui entendiendo que este tipo de personas buscaba algo exclusivo. No especialmente caro… no tenía nada que ver con el dinero. Tenía que ver con la autenticidad del objeto. Algo especial que pudiera ser suyo y que no fuera fácil de conseguir.
Empecé a contactar con artesanos de Cataluña. Uno hacía velas inspiradas en barrios de Barcelona. Otra trabajaba cuero artesanal desde un pequeño taller familiar. Un chico diseñaba mapas minimalistas preciosos grabados sobre metal. Cada vez que descubría a alguien así sentía que la tienda empezaba a construirse sola dentro de mi cabeza. Ya no quería vender souvenirs quería vender pedazos de la ciudad que la gente se llevara.
También viajé durante esa época para empaparme de más ideas. En Tokio encontré una pequeña tienda donde vendían objetos tradicionales japoneses presentados como auténticas piezas de colección. En Milán descubrí cómo el diseño podía transformar cualquier objeto cotidiano en algo que quisieras para ti. Y en Dubái entendí que este tipo de clientes paga muchísimo más por la experiencia que viven, que por el producto que se llevan en sí.
Pero, aunque mi idea iba encaminada desde un principio al cliente adinerado… empecé a sentir que ya quería convertirla en otra cosa. No quería una tienda elitista donde alguien normal se sintiera incómodo entrando. Eso me parecía un error enorme. Barcelona vive del turismo en todas sus formas, por eso necesitaba un equilibrio. Quería productos exclusivos, sí, pero también algunos recuerdos más accesibles que mantuvieran cierta estética bonita y cuidada.
Ahí fue cuando empecé a moverme para hablar con empresas del sector turístico y, en Alicante, acabé descubriendo a Grupo DESHORAS. Me recomendaron hablar con ellos porque llevaban muchísimo tiempo trabajando con productos turísticos y conocían perfectamente qué funcionaba realmente entre los visitantes.
Esto le dio el toque final a mi idea
Al hablar con ellos, salí de aquella reunión con la cabeza explotándome de ideas. Me dijeron algo que ya sabía, e incluso algo de lo que me había quejado… Pero es que tenían razón: La gente sigue comprando imanes. Muchísimos imanes.
Me hizo gracia porque precisamente yo quería alejarme de todo aquello. Era cierto que había muchas cosas iguales en todas las tiendas, pero los imanes se vendían tanto por algo. Así que podía hacer imanes que también fueran exclusivos y bonitos. Acabé entendiendo que estaba cometiendo un error enorme al pensar que debía romper completamente con lo tradicional. No hacía falta destruir el concepto de souvenir. Había que hacerlo de otra forma.
Ellos también me enseñaron cómo funcionaban ciertos patrones de compra, qué productos compraba la gente por impulso y cuáles realmente conservaban durante años. También me hablaron de que muchas personas con dinero sí que compraban recuerdos pequeños, pero evitaban aquellos que parecían baratos o demasiado turísticos. Todo era el estilo.
A raíz de eso decidí incluir una pequeña sección más accesible dentro de la tienda. Pero incluso ahí quería hacer algo diferente. Diseñamos imanes minimalistas inspirados en arquitectura modernista, postales ilustradas por artistas de aquí y pequeños objetos hechos con materiales mucho más cuidados. La idea era que cualquier persona pudiera entrar y encontrar algo bonito, independientemente de cuánto quisiera gastar.
La apertura de la tienda fue uno de los días más surrealistas de mi vida. Conseguí un pequeño local en una zona elegantísima cerca de Passeig de Gràcia y recuerdo quedarme sola dentro la noche anterior mirando todo en silencio. Había velas encendidas, olor a madera y música suave sonando. Pensé en aquella chica que años antes se aburría entrando en tiendas idénticas durante sus viajes y me hizo gracia darme cuenta de que todo había empezado simplemente observando algo que todo el mundo hacía.
Cuando vi entrar a gente de todo tipo, se me aceleró el corazón… Parejas jóvenes comprando pequeños recuerdos. Turistas adinerados llevándose piezas artesanales enormes para decorar sus casas. Incluso barceloneses a curiosear aquella tienda tan distinta.
Un recuerdo para cada persona
Esto me ocurrió unos meses después de abrir. Entró una chica joven, probablemente de mi edad, iba con una mochila de senderismo grande a la espalda que tenía muchos pines, y su ropa era bastante normal. Miró los precios de algunas piezas y enseguida noté esa expresión que pone la gente cuando piensa que no puede permitirse comprar algo que le gusta. Yo odio esa sensación porque precisamente nunca quise que la tienda intimidara a nadie.
Pensé que se iría sin nada, pero ella siguió recorriendo el local en silencio hasta que se quedó mirando unas pequeñas postales ilustradas de Barcelona que habíamos diseñado con muchísimo cuidado. Eran sencillas, pero preciosas. Acabamos hablando un rato y me contó que llevaba años ahorrando para visitar Barcelona porque era la ciudad favorita de su madre, que había fallecido poco tiempo atrás. Habían planeado hacer ese viaje juntas muchas veces, pero nunca llegaron a hacerlo.
Al final compró solamente dos postales y un pequeño imán inspirado en las baldosas hidráulicas típicas de la ciudad. Antes de irse me dijo:
—Me he llevado días por la ciudad buscando algo que de verdad valiese la pena llevarme, pero o era muy caro o era muy normal. Esta tienda es especial.
Aquello me removió bastante. Porque durante meses había estado obsesionada con entender al cliente adinerado, con crear un concepto distinto y elegante, pero esa conversación me recordó que el éxito no se mide por el dinero. La gente entra en una tienda buscando objetos, pero no cualquiera, sino uno que conecte con ellos o con un momento concreto de su vida.
Desde entonces empecé a cuidar todavía más el equilibrio entre las piezas artesanales y los pequeños recuerdos asequibles. Empecé a querer que cualquiera pudiera llevarse algo que de verdad valiese la pena. Y curiosamente, cuanto más auténtica y humana se volvió la tienda, mejor funcionaba.
Actualmente sigo viajando muchísimo. Y sí, sigo entrando en tiendas de souvenirs cada vez que visito una ciudad nueva. Pero ahora lo hago de otra forma. Me gusta observar, escuchar conversaciones y mirar qué emociones despiertan ciertos objetos en la gente. Sigo aprendiendo y adaptando mi tienda, para que siga siendo la tienda especial de Barcelona de la que la gente se lleva el verdadero recuerdo de su viaje.Principio del formularioFinal del formulario



